El desarrollo de El Niño no se reconoce por una única fotografía del océano ni por un solo termómetro. Mapas elaborados con datos de satélites, boyas y barcos muestran este año tres cambios que se refuerzan entre sí en el Pacífico tropical: agua superficial más cálida de lo habitual, una elevación de la superficie marina y variaciones en el color del agua asociadas con una menor presencia de fitoplancton.
El Niño es una oscilación natural del sistema océano-atmósfera que aparece cada dos a siete años aproximadamente. Se caracteriza por un calentamiento anómalo de sectores del Pacífico ecuatorial y puede alterar los patrones de lluvias en regiones alejadas. Sus efectos concretos no son idénticos en todos los lugares ni ocurren de inmediato; dependen también de otras condiciones de la atmósfera y del océano. Por eso, seguir las señales físicas que lo acompañan ayuda a distinguir lo que ya se observa de lo que todavía son proyecciones sobre sus posibles impactos.
Una de esas señales llegó desde el oeste del Pacífico. En enero, las observaciones detectaron una onda de Kelvin: un pulso de agua cálida que se desplaza lentamente bajo la superficie y transporta calor hacia el este. Al alcanzar el Pacífico oriental durante los meses siguientes, el agua más cálida comenzó a expandirse. Como el agua aumenta su volumen al calentarse, los satélites que miden con radar la altura del mar registraron zonas con niveles por encima del promedio. En algunas áreas, la diferencia fue de 30 a 40 centímetros.
La altimetría satelital permite medir esas diferencias sobre enormes extensiones de mar. Los instrumentos de Sentinel-6 envían pulsos de radar y calculan la distancia hasta la superficie; al comparar mediciones repetidas, revelan cómo se desplaza el exceso de agua cálida. Estas mediciones se complementan con sensores y boyas de NOAA que observan el océano directamente. Ningún registro aislado basta para describir todo el fenómeno, pero su coincidencia con el calentamiento superficial vuelve más sólida la interpretación.
Los mapas de temperatura muestran una franja de agua más cálida que se extendió por el Pacífico central y oriental. A comienzos de octubre, la temperatura superficial en parte del Pacífico oriental estaba unos 1,7 grados Celsius por encima del promedio de largo plazo, según la información reunida por NASA. Ese calor favorece cambios en la circulación atmosférica: el aire sobre el mar se calienta y asciende, y los vientos alisios que normalmente empujan el agua superficial hacia el oeste pueden debilitarse. El proceso, a su vez, reduce el ascenso de aguas profundas y frías cerca del ecuador.
Esa menor mezcla vertical deja menos nutrientes disponibles en la superficie, donde vive el fitoplancton: microorganismos que capturan energía solar y constituyen la base de muchas redes alimentarias marinas. El satélite PACE observa el color del océano en cientos de bandas de luz. En el Pacífico ecuatorial, los datos de 2026 muestran áreas que pasaron de tonalidades más verdosas a otras más azules, una señal compatible con una reducción del fitoplancton. El color no permite por sí solo medir todos los cambios ecológicos ni atribuirlos a una especie determinada, pero ofrece una manera de vigilar cómo responde la superficie marina a la reorganización del océano.
La combinación de estas tres huellas —calor, altura del mar y color— permite observar El Niño como un proceso en movimiento. También muestra por qué sus consecuencias deben comunicarse con cautela: los satélites pueden registrar un cambio físico amplio, pero no determinan por sí mismos qué lluvia, sequía o impacto ecológico ocurrirá en cada país. Las proyecciones de NOAA sobre la intensidad del episodio siguen siendo pronósticos, mientras que los mapas describen condiciones ya medidas en el Pacífico.
NASA's Scientific Visualization Studio · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
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