El hielo marino que rodea a la Antártida alcanzó su máxima extensión anual el 14 de septiembre de 2026, según estimaciones de la NASA y del National Snow and Ice Data Center (NSIDC). La superficie cubierta llegó a 17,59 millones de kilómetros cuadrados, el tercer máximo invernal más bajo desde que comenzaron las observaciones satelitales a fines de la década de 1970.
La cifra describe la extensión del hielo, no su espesor ni su volumen. Para calcularla, los equipos incluyen las zonas del océano donde el hielo ocupa al menos el 15 % de la superficie. Ese umbral permite distinguir las áreas predominantemente heladas de las de agua abierta y comparar los mapas de un año con los de otros.
La observación depende de sensores de microondas pasivas instalados en satélites. Estos instrumentos registran la energía de microondas que emite naturalmente la Tierra: el hielo marino y el agua libre producen señales diferentes. Como las microondas atraviesan las nubes, los investigadores pueden seguir la cobertura de hielo incluso durante períodos con mal tiempo o sin luz solar, condiciones habituales en el invierno antártico.
El mapa del 14 de septiembre muestra además la referencia usada para poner el dato en contexto: la mediana de la extensión observada entre 1981 y 2010. Comparar con una serie extensa ayuda a separar la variabilidad de una estación de los cambios que se repiten durante años. Un máximo bajo no explica por sí solo por qué ocurrió ni permite deducir una causa única; la extensión también cambia de un año a otro por la interacción entre vientos, temperaturas oceánicas y condiciones atmosféricas.
El hielo marino no aumenta el nivel del mar cuando se derrite porque ya flota en el océano, pero influye en la cantidad de radiación solar que absorbe el agua, en el intercambio de calor entre el mar y la atmósfera y en los hábitats polares. Por eso, cada máximo y mínimo anual suma una pieza a un registro que permite vigilar cómo cambia una parte importante del sistema climático del planeta.
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