Los polos funcionan como una válvula térmica del planeta: parte del exceso de energía que la Tierra acumula en latitudes más cálidas termina escapando al espacio desde esas regiones. Ahora, dos años de observaciones de la misión PREFIRE de la NASA muestran con más detalle cómo cambian las temperaturas de la superficie en el Ártico y la Antártida a lo largo de las estaciones, una pieza clave para entender ese intercambio de calor.
La misión usa dos pequeños satélites, o CubeSats, que empezaron a recoger datos científicos en julio de 2024. Con esas mediciones, el equipo construyó animaciones donde se ve cómo la temperatura superficial de ambos polos pulsa entre los extremos del invierno y del verano. Como cada polo está en un hemisferio distinto, sus estaciones ocurren en momentos opuestos, pero además no se comportan igual: en el Ártico el verano alcanza temperaturas capaces de derretir grandes extensiones de tundra y hielo marino, mientras que en la Antártida las temperaturas estivales rara vez superan el punto de congelación.
El interés de PREFIRE no está solo en dibujar mapas térmicos. La misión observa la radiación infrarroja lejana, una franja del espectro invisible para nuestros ojos que representa cerca del 60 % de la energía que la Tierra pierde al espacio. Esa parte del balance energético había sido mucho menos medida de forma global que otras longitudes de onda. Seguirla de manera directa ayuda a precisar cuánto calor sale del sistema terrestre y cómo influyen en ese proceso la superficie helada, las nubes y la atmósfera.
Eso importa porque los polos no son un detalle aislado del mapa. Los movimientos de la atmósfera y del océano transportan calor desde los trópicos hacia altas latitudes, y la manera en que ese calor se libera condiciona el clima del resto del planeta. Según la NASA, disponer de observaciones casi en tiempo real de esa energía invisible puede mejorar modelos usados para pronosticar tiempo y clima, además de aportar información útil para actividades sensibles al cambio polar, desde la navegación hasta el seguimiento de la estabilidad de las capas de hielo.
El resultado no equivale todavía a una respuesta definitiva sobre cómo cambiará el clima en las próximas décadas. La propia base de datos presentada hasta ahora cubre dos ciclos estacionales completos, un período valioso para comparar inviernos y veranos pero todavía corto para extraer tendencias de largo plazo por sí solo. Aún así, la misión empieza a llenar una carencia importante: medir mejor una parte del calor terrestre que, hasta hace poco, seguía siendo casi invisible incluso para la ciencia.
NASA Science · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
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