La comida ultraprocesada en la infancia podría alterar de forma duradera los circuitos del apetito

Un estudio preclínico sugiere que dietas ricas en grasa y azúcar durante la infancia pueden dejar efectos duraderos sobre la conducta alimentaria, incluso tras mejorar la dieta.

Por Redacción Ciencias.UY 21 de mayo de 2026 a las 21:00 4 min de lectura
Ilustración editorial original con el título “La comida ultraprocesada en la infancia podría alterar de forma duradera los circuitos del apetito” y una composición abstracta asociada a Medicina.
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Una investigación liderada por University College Cork sugiere que una dieta infantil rica en grasa y azúcar podría dejar cambios persistentes en los circuitos cerebrales que regulan el apetito y la conducta alimentaria, incluso después de que la dieta mejore y el peso corporal vuelva a valores normales.

Los alimentos ultraprocesados con mucho azúcar y grasa forman parte habitual de la oferta alimentaria que rodea a niños y adolescentes. Su presencia constante en fiestas, actividades escolares y mensajes publicitarios ha llevado a preguntarse si sus efectos van más allá del aumento de peso y alcanzan al desarrollo cerebral.

En este caso, el equipo del centro APC Microbiome de University College Cork estudió ese problema en un modelo preclínico con ratones. El trabajo fue publicado en Nature Communications.

De acuerdo con el resumen publicado por ScienceDaily, los animales expuestos en etapas tempranas a una dieta de alta densidad calórica y bajo valor nutricional mostraron cambios persistentes en la conducta alimentaria cuando llegaron a la adultez. Los investigadores vincularon esos efectos con alteraciones en el hipotálamo, una región cerebral clave para regular apetito y balance energético.

El estudio también probó si modificar el microbioma intestinal podía amortiguar parte de esas secuelas. Para eso evaluó una cepa bacteriana beneficiosa, Bifidobacterium longum APC1472, y fibras prebióticas como FOS y GOS. Ambas estrategias mostraron señales de beneficio, aunque por mecanismos distintos: la bacteria produjo un efecto más específico sobre la conducta alimentaria, mientras que la combinación de prebióticos generó cambios más amplios en el microbioma.

Los autores plantean que una dieta poco saludable al comienzo de la vida puede dejar efectos ocultos que no siempre se ven de inmediato en el peso corporal. Esa es una observación importante, pero también hay una limitación central: los resultados provienen de un modelo animal, por lo que no pueden trasladarse de forma directa a la infancia humana sin estudios adicionales.

El hallazgo importa porque refuerza la idea de que la calidad de la alimentación temprana puede influir en el cerebro y en hábitos que se sostienen a largo plazo. También abre la puerta a investigar si intervenciones dirigidas al microbioma podrían ayudar a reducir algunos de esos efectos.

La cautela sigue siendo necesaria: todavía no está demostrado que el mismo patrón ocurra con igual magnitud en niños. Por ahora, la investigación ofrece una pista relevante y mecanística, no una prueba definitiva para guías clínicas o de salud pública.

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