El deshielo del Ártico puede sembrar nubes nuevas y alterar mejor de lo pensado el clima regional

Mediciones en el borde del hielo ártico muestran que el deshielo favorece una mezcla química capaz de multiplicar las partículas que ayudan a formar nubes, un proceso todavía mal representado en los modelos climáticos.

Por Redacción Ciencias.UY 12 de agosto de 2026 a las 00:45 5 min de lectura
Imagen: University of Birmingham Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada Fuente de imagen
Vista desde un barco de investigación sobre bloques de hielo marino en el Ártico

El retroceso del hielo marino no solo deja más océano descubierto. También puede cambiar la química del aire de una forma que ayude a sembrar nuevas nubes. Un estudio publicado en Nature Geoscience encontró evidencia directa de que, en el borde del hielo ártico, la combinación de agua abierta, actividad biológica y luz solar libera compuestos capaces de disparar la formación de partículas atmosféricas que luego actúan como semillas de gotas de nube.

La pregunta importa porque el Ártico se está calentando mucho más rápido que el promedio global y las nubes cumplen un papel ambiguo pero decisivo en esa historia. Según cuándo se formen, cuán densas sean y sobre qué superficie estén, pueden reflejar radiación solar y enfriar, o bien retener calor e influir en el derretimiento. Por eso, entender de dónde salen las partículas que permiten que esas nubes nazcan es clave para mejorar las proyecciones climáticas.

El equipo reunió datos durante una campaña oceanográfica a bordo del RRS Discovery alrededor de Groenlandia y el estrecho de Davis en 2022. Allí hizo mediciones atmosféricas y marinas en la llamada zona marginal de hielo, la franja donde el océano abierto se encuentra con el hielo que se derrite. Esa región es especialmente activa desde el punto de vista biológico: cuando el hielo retrocede, aumenta la exposición a la luz y proliferan organismos microscópicos capaces de liberar compuestos al aire.

Los investigadores observaron que en más del 80% de los días soleados se formaban partículas nuevas en la atmósfera. El mecanismo parecía apoyarse en una mezcla de compuestos de yodo emitidos desde el océano, el hielo y las costas, junto con azufre procedente del dimetilsulfuro producido por algas y otros compuestos orgánicos naturales. Cerca del borde del hielo, esa combinación llegó a multiplicar por unas cincuenta veces la cantidad de partículas capaces de favorecer la formación de gotas de nube en solo un día: en uno de los episodios medidos, pasaron de unas 50 a unas 1.500 por centímetro cúbico.

El hallazgo añade algo importante a una historia que hasta ahora se apoyaba sobre todo en experimentos de laboratorio y modelos teóricos. Los autores sostienen que esta es la primera validación en condiciones reales de un mecanismo químico en el que ácidos derivados del yodo y del azufre ayudan a crear partículas ultrafinas en el aire ártico. Además identificaron una familia de moléculas orgánicas oxigenadas que contienen yodo, que podrían ser clave para que esas partículas crezcan lo suficiente como para influir en las nubes.

La relevancia pública del resultado no está en prometer un efecto climático simple y único, sino en mostrar que el deshielo puede activar retroalimentaciones atmosféricas que todavía no se representan bien. A medida que el hielo marino se retira, esa franja de contacto entre hielo y océano se ensancha. Si allí se forman más partículas de las esperadas, los modelos del clima regional podrían estar dejando fuera un proceso que modifica la cobertura nubosa y, con ella, el balance de energía en una de las regiones más sensibles del planeta.

Eso no significa que el estudio ya permita calcular cuánto calentará o enfriará este mecanismo al Ártico. Las nubes tienen efectos distintos según la estación, la altura, el tipo de superficie y la hora del día. El trabajo muestra que el proceso existe y que parece frecuente en esa zona, pero no resuelve por sí solo el impacto neto sobre la temperatura. Tampoco representa todo el Ártico: las mediciones se hicieron en una región y en un período concretos, por lo que hará falta comparar con otros sectores y otras temporadas.

Aún con esas limitaciones, el estudio deja una idea clara. El borde del hielo marino no es solo una frontera física entre blanco y azul, sino un laboratorio natural donde océano, química atmosférica y cambio climático se conectan de maneras que recién empiezan a medirse en el mundo real. Para una región que ya está cambiando a gran velocidad, incorporar esos mecanismos puede ser una diferencia importante entre describir bien el presente y anticipar mejor lo que viene.

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Cita original

Du, M., Brean, J., Worsnop, D. R., Song, C., Zhang, Y., Chandani, V. L., Srivastava, D., Beddows, D. C. S., Acton, W. J. F., Baumgardner, D., Browse, J., Callaghan, A. B., Canagaratna, M., Dai, Y., Edwards, P. M., Jiang, J., Jordan, T. M., Lee, J. D., Sommariva, R., ... Shi, Z. (2026). Arctic cloud condensation nuclei enhanced by iodine, sulfur and organic precursors. Nature Geoscience. https://doi.org/10.1038/s41561-026-02062-6

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