Las feromonas de la abeja reina influyen en la decisión de sus hijas de quedarse en el nido

Un estudio en abejas del sudor sugiere que las señales químicas de la reina no solo marcan jerarquías: también pueden indicar cuándo cooperar dentro del nido resulta beneficioso.

Por Redacción Ciencias.UY 28 de julio de 2026 a las 22:00 2 min de lectura
Imagen: Phys.org Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada Fuente de imagen
Abeja del sudor sobre una rama de madera usada como sitio de nidificación

Las feromonas de una abeja reina no solo anuncian que hay una hembra fértil en el nido: también pueden inclinar la decisión de sus hijas adultas sobre si conviene quedarse a cooperar o salir a fundar otro hogar. Eso es lo que sugiere un estudio sobre abejas del sudor del género Megalopta, un grupo especialmente útil para entender cómo pudieron surgir las primeras sociedades complejas de insectos.

En muchas abejas, avispas y hormigas la vida social ya está muy consolidada. En cambio, algunas Megalopta muestran una organización más flexible: a veces una hembra cría sola y otras veces comparte el nido con hijas adultas que ayudan a vigilar la entrada y mantener la colonia. Esa variabilidad ofrece una oportunidad poco común para estudiar una pregunta clave de la biología evolutiva: qué señales hacen que la cooperación resulte conveniente.

El trabajo, publicado en Proceedings of the Royal Society B, combinó análisis químicos con observaciones del comportamiento en estos nidos. Los investigadores encontraron que ciertas señales químicas asociadas a la reina aparecen ligadas a situaciones en las que a las hijas les conviene permanecer en el grupo. La interpretación es que esas feromonas no funcionarían solo como una orden que limita la reproducción de otras hembras, sino también como una pista fiable sobre los beneficios de seguir colaborando.

Ese matiz importa porque corrige una imagen muy simple de cómo actúan las feromonas de reinas. En los insectos sociales más conocidos suelen describirse como mecanismos de control. En este caso, la señal química encaja mejor con una forma de comunicación sobre el estado del nido: quedarse puede ofrecer ventajas, por ejemplo en defensa, cuidado del refugio o futuras oportunidades reproductivas, y la feromona ayudaría a indicar cuándo esas ventajas existen.

Los autores plantean que un sistema así puede iluminar una etapa temprana en la evolución de la vida social. Si una señal química empezó funcionando como información sobre cuándo cooperar era útil, más tarde pudo transformarse en un mecanismo más rígido en especies con sociedades mucho más estables. El hallazgo, entonces, no solo describe a una abeja en particular: también aporta pistas sobre cómo se construyen gradualmente las reglas que sostienen colonias con división del trabajo.

Como ocurre con buena parte de la biología del comportamiento, los resultados no significan que una sola feromona decida por sí sola el destino de cada abeja. Las decisiones dependen también del ambiente, de la estructura del nido y de la historia de cada grupo. El estudio aporta evidencia nueva sobre una pieza de ese rompecabezas, pero no cierra el debate sobre cómo evolucionó la cooperación en insectos.

Aún así, el trabajo invita a mirar estas sociedades con menos simplificaciones. En lugar de imaginar colonias gobernadas únicamente por coerción química, sugiere que parte de la cooperación puede sostenerse porque ciertas señales transmiten información útil sobre cuándo quedarse juntas realmente vale la pena.

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DOI del paper

10.1098/rspb.2026.0506

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