En el espacio, el cuerpo no pesa, pero su masa sigue siendo la misma. Un estudio publicado en eLife sugiere que ese desacople entre lo que se siente y lo que físicamente sigue allí puede confundir al sistema motor humano. Según el trabajo, en microgravedad las personas parecen subestimar la masa de su propio brazo y de su cuerpo, y por eso algunos movimientos simples de alcance salen más lentos, con menos impulso inicial y con más correcciones sobre la marcha.
La pregunta puede sonar técnica, pero toca un problema muy concreto de la vida en órbita. Moverse dentro de una estación espacial no consiste solo en flotar: hay que alcanzar objetos, manipular equipos, frenar el cuerpo a tiempo y hacer tareas con rapidez y precisión en un entorno donde las referencias habituales desaparecen. Desde hace décadas se sabe que los astronautas suelen ejecutar movimientos más lentos en microgravedad. Lo que seguía en discusión era por qué pasa eso.
Había dos explicaciones principales. Una planteaba que el sistema nervioso adopta deliberadamente una estrategia más conservadora para evitar errores, choques o problemas de estabilidad. La otra proponía algo distinto: que el cerebro calcula mal ciertas propiedades mecánicas del propio cuerpo cuando dejan de llegar las señales habituales asociadas al peso. Para poner a prueba esas hipótesis, el equipo estudió a 12 taikonautas a bordo de la estación espacial china Tiangong mientras realizaban una tarea clásica de alcanzar blancos con la mano.
Los investigadores compararon esos movimientos con los registros previos al vuelo y con un grupo control de edad similar en Tierra. El análisis mostró que en microgravedad los movimientos duraban más y seguían perfiles cinemáticos distintos. En vez de arrancar con un impulso fuerte y relativamente bien calibrado, el sistema parecía generar menos fuerza al comienzo. Después venían correcciones posteriores apoyadas en retroalimentación sensorial para llegar al objetivo. Ese patrón encaja mejor con la idea de una subestimación de la masa corporal que con una simple decisión estratégica de moverse más despacio.
Dicho de otro modo, el problema no sería solo prudencia. Si el cerebro “cree” que el brazo ofrece menos resistencia de la real, puede enviar una orden inicial demasiado débil. El resultado es un movimiento con un pico de velocidad más bajo y más temprano, seguido de ajustes que alargan la acción total. Esa diferencia importa porque ayuda a separar dos fenómenos que desde afuera podrían parecer iguales: moverse lento por cautela o moverse lento porque la estimación interna del cuerpo quedó sesgada.
El hallazgo también aporta una pieza interesante para entender cómo el sistema nervioso integra señales del cuerpo. Aunque en microgravedad desaparece el peso, no desaparece la masa. Sin embargo, parte de la información sensorial que normalmente ayuda a estimarla cambia de forma drástica. El estudio sugiere que esa estimación sesgada persiste incluso cuando la persona ya está adaptada a vivir y trabajar en órbita, algo que obliga a pensar con más cuidado qué tipos de entrenamiento o asistencia podrían compensar ese error en misiones largas.
Más allá del vuelo espacial, el trabajo también interesa como experimento sobre percepción corporal y control motor. El cerebro no mueve el cuerpo como si controlara una máquina perfectamente medida en tiempo real: trabaja con modelos internos, es decir, con estimaciones sobre cuánto pesa, cuánto cuesta acelerar una parte del cuerpo y cómo debería responder al empuje. La microgravedad ofrece una forma poco habitual de poner esos cálculos a prueba.
El estudio, de todos modos, tiene límites. La muestra fue pequeña, algo esperable en investigación espacial tripulada, y la tarea analizada fue bastante específica. Además, el trabajo describe un mecanismo compatible con los datos, pero no agota todas las posibles influencias del entorno espacial sobre el movimiento. Harán falta más estudios para saber cómo este sesgo afecta otras acciones, desde maniobras complejas hasta tareas finas con herramientas.
Con todo, el resultado deja una idea clara: en órbita no basta con decir que el cuerpo “se siente liviano”. Lo que parece cambiar es la manera en que el cerebro calcula cuánto esfuerzo hace falta para moverlo. Y cuando ese cálculo queda corto, incluso alcanzar un blanco con la mano puede convertirse en una pequeña corrección permanente.
Kinematic signatures in reaching movements during spaceflight provide evidence that humans underestimate body mass in microgravity · eLife
eLife · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
Zhang, Z., Tian, Y., Wang, C., Jiang, C., Wang, B., Yu, H., Zhao, R., & Wei, K. (2026). Kinematic signatures in reaching movements during spaceflight provide evidence that humans underestimate body mass in microgravity. eLife, 14, RP107472. https://doi.org/10.7554/eLife.107472.4
Relacionadas por categoría
Ver masUn regulador genético mejora la reparación de mielina en modelos de envejecimiento
Aumentar la actividad de BCL11A ayudó a células envejecidas a formar oligodendrocitos en cultivos y en ratones. El resultado es una pista preclínica, no una terapia.
Un mapa revela cómo una región profunda del cerebro se conecta con la corteza
Una resonancia por difusión permitió cartografiar conexiones graduales entre la zona incerta y distintas áreas de la corteza humana.
Los modelos de lenguaje no reproducen bien cómo el cerebro usa el orden de las palabras
Un estudio con resonancia magnética funcional comparó cómo personas y modelos de lenguaje distinguen oraciones con las mismas palabras, pero con significados distintos.
Más de la misma fuente
Ver masEl rol social cambia el crecimiento y la conducta de los peces payaso
En un experimento con peces payaso juveniles, los individuos que se volvieron dominantes crecieron más, comieron más y mostraron más agresividad que sus rivales y que peces mantenidos solos.
La carga viral de mosquitos puede afinar la vigilancia del virus del Nilo Occidental
Un estudio propone aprovechar la cantidad de virus medida en grupos de mosquitos para interpretar mejor la vigilancia del virus del Nilo Occidental.
La luz del atardecer prepara la metamorfosis de una esponja marina
En una esponja marina, la caída de la luz al atardecer deja preparado el genoma de las larvas para responder a la señal local que inicia su metamorfosis.
Más del mismo autor
Ver masEl rol social cambia el crecimiento y la conducta de los peces payaso
En un experimento con peces payaso juveniles, los individuos que se volvieron dominantes crecieron más, comieron más y mostraron más agresividad que sus rivales y que peces mantenidos solos.
Los cometas difícilmente aportaron ingredientes clave para el origen de la vida
Simulaciones de impactos sugieren que las condiciones necesarias para que los cometas llevaran compuestos orgánicos útiles a la Tierra temprana fueron excepcionales.
Una ruta química devuelve siliconas difíciles de reciclar a una materia prima
Un estudio propone desarmar siliconas resistentes y recuperar diclorosilano, una molécula que puede volver a emplearse para fabricar estos materiales.