Webb detectó la atmósfera de un planeta que orbita una estrella muerta

El telescopio James Webb observó por primera vez la atmósfera de un planeta que gira alrededor de una enana blanca, una pista inédita sobre el destino de mundos como Júpiter cuando una estrella como el Sol muere.

Por Redacción Ciencias.UY 01 de julio de 2026 a las 12:45 5 min de lectura
Imagen: esa.int Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada Fuente de imagen
Ilustración de un planeta gigante orbitando muy cerca de una enana blanca brillante, usada por ESA para representar el sistema WD 1856 b.

Un planeta gigante que gira alrededor del núcleo muerto de una estrella acaba de ofrecer una de las imágenes más extrañas y más útiles del futuro posible de los sistemas planetarios. Observaciones del telescopio espacial James Webb permitieron detectar por primera vez la atmósfera de un planeta que orbita una enana blanca, el tipo de objeto en que termina convertida una estrella parecida al Sol después de agotar su combustible.

El planeta se llama WD 1856 b y está a unos 80 años luz de la Tierra. Ya se sabía desde 2020 que existía y que daba una vuelta completa alrededor de su estrella en apenas 34 horas, una órbita extremadamente cerrada para un mundo del tamaño de Júpiter. El nuevo trabajo permitió medir mejor su masa, estimar su temperatura y encontrar señales atmosféricas de pequeños aerosoles y de hidrocarburos, probablemente metano.

Eso vuelve al sistema especialmente interesante porque una enana blanca no nace así. Antes fue una estrella mucho más grande, que en su etapa final se hinchó hasta convertirse en gigante roja y expulsó sus capas externas. En principio, un planeta que hubiera estado tan cerca en ese momento debería haber sido destruido. Por eso la gran pregunta no era solo qué aspecto tiene WD 1856 b, sino cómo logró llegar vivo a una órbita que parece incompatible con la muerte violenta de su estrella.

Para responderla, el equipo observó el tránsito del planeta delante de la enana blanca con instrumentos infrarrojos de Webb. Como el planeta bloquea parte de la luz estelar al pasar por delante, los astrónomos pueden extraer información sobre su tamaño aparente, su masa y la composición de su atmósfera. Además, compararon la luz del sistema en distintas longitudes de onda para estimar cuánto calor emite el propio planeta.

La temperatura resultó ser de unos 126 °C, bastante más alta de lo que cabría esperar si solo estuviera recibiendo energía de la tenue enana blanca que hoy orbita. Esa diferencia fue una pista clave. Según los modelos del equipo, ese calor extra sería un resto de un episodio anterior: el planeta habría pasado mucho tiempo lejos de la estrella, en una órbita segura durante la fase de gigante roja, y solo más tarde habría migrado hacia adentro.

La hipótesis mejor respaldada por los datos es que ese desplazamiento ocurrió miles de millones de años después de que la estrella se convirtiera en enana blanca. La gravedad de otras estrellas del mismo sistema, que es triple, habría alterado poco a poco la órbita del planeta hasta empujarlo hacia una trayectoria mucho más cerrada. Durante ese proceso, las intensas fuerzas gravitatorias habrían calentado al planeta, que todavía seguiría enfriándose.

El hallazgo importa por dos razones. La primera es técnica: abre una nueva clase de estudios atmosféricos en sistemas que hasta hace poco parecían demasiado extremos o demasiado raros para observar con detalle. La segunda es más amplia: ofrece una primera ventana realista a lo que podría pasar con los planetas gigantes del Sistema Solar cuando el Sol termine su vida. Mercurio y Venus casi con seguridad no sobrevivirán a la etapa de gigante roja, y el destino de los mundos más lejanos sigue siendo incierto. Este sistema muestra que, al menos en algunos casos, un planeta grande puede persistir y cambiar de órbita después de la muerte de su estrella.

Eso no significa que WD 1856 b sea un espejo exacto del futuro de Júpiter o de Saturno. Se trata de un solo sistema, con una historia dinámica propia y con la influencia adicional de dos estrellas compañeras. Además, la reconstrucción de su pasado depende de modelos térmicos y orbitales que, aunque encajan con las observaciones, no pueden rebobinar todos los detalles de su historia. Aún así, el estudio convierte una idea que era casi puramente teórica en algo medible: los restos de sistemas solares muertos también pueden conservar planetas, atmósferas y pistas sobre cómo sobrevivieron.

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Cita original

MacDonald, R. J., O’Connor, C. E., Boehm, V. A., May, E. M., Sing, D. K., Mullens, E., Mayorga, L. C., Foote, T. O., Blouin, S., Pearce, L. A., Lewis, N. K., Valenti, J., Batalha, N. E., Lally, M., Lothringer, J. D., Marley, M. S., Mishra, I., & Mullally, S. E. (2026). Aerosols and hydrocarbons in the atmosphere of a white dwarf planet. Nature, 655(8121), 76-80. https://doi.org/10.1038/s41586-026-10514-7

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