El terreno que rodea al volcán Masaya, en Nicaragua, no permanece completamente quieto. A veces asciende o desciende unos pocos centímetros, movimientos demasiado pequeños para advertirlos a simple vista pero que los satélites pueden registrar. Un equipo de investigación interpretó esas huellas como evidencia de dos zonas activas donde se almacena magma bajo el volcán: una más profunda, que empezó a inflarse a mediados de 2022, y otra muy somera cerca del cráter Santiago, que siguió perdiendo volumen durante el período estudiado.
El resultado no equivale a una predicción de erupción. Sí aporta una imagen más detallada —aunque indirecta— de cómo podría circular el material fundido bajo un volcán activo situado a unos 20 kilómetros de Managua y cerca de zonas densamente pobladas. Entender esa estructura es una parte importante del monitoreo de riesgos: permite comparar cambios futuros con el comportamiento registrado y combinar esa información con observaciones de gases, sismos y actividad en el cráter.
Para seguir esos cambios, los autores analizaron imágenes del satélite Sentinel-1 tomadas entre enero de 2018 y febrero de 2024. La técnica se llama interferometría de radar: compara dos o más mediciones de radar realizadas desde el espacio sobre el mismo lugar. Si la distancia entre el satélite y una porción del terreno cambia, incluso muy poco, la comparación deja una señal que permite reconstruir la deformación de la superficie.
Al norte del cráter Santiago, la serie mostró primero un desplazamiento acumulado de alrededor de tres centímetros en una dirección y, desde mediados de 2022, un cambio de sentido. Mediante un modelo que relaciona esas deformaciones con una fuente de presión subterránea, el equipo estimó que la señal es compatible con un reservorio principal situado aproximadamente a 3,2 kilómetros de profundidad, cerca del centro de la caldera. La fase más reciente se interpreta como una inflación: el aumento de presión o volumen que podría producirse cuando llega magma desde mayor profundidad.
La zona inmediatamente alrededor del cráter contó otra historia. Allí la superficie mantuvo una señal compatible con deflación entre 2018 y 2024. El modelo sitúa esa segunda fuente a unos 200 metros de profundidad. Que ambas áreas siguieran tendencias distintas sugiere que el sistema bajo Masaya no funciona como un único depósito conectado de manera simple, sino como una red con partes que pueden cambiar a ritmos diferentes.
Masaya ha tenido un lago de lava intermitente y una actividad de desgasificación persistente, por lo que sus cambios internos interesan tanto para la investigación como para la vigilancia volcánica. Los datos no permiten ver directamente el magma ni fijar con certeza la forma real de los reservorios: traducen deformaciones en hipótesis físicas y dependen del modelo elegido. Además, la inflación detectada no basta para decir cuándo ocurrirá una erupción, o si ocurrirá. Los propios autores señalan que haría falta una inflación adicional importante para alcanzar volúmenes comparables con episodios recientes de actividad efusiva.
La principal utilidad del estudio está en mostrar que un radar satelital puede extender la vigilancia incluso cuando no es posible medir todo el subsuelo desde tierra. Repetir estas observaciones y contrastarlas con otros instrumentos puede ayudar a distinguir si los cambios bajo el volcán se mantienen, se aceleran o responden a procesos distintos de los esperados.
Two active magma reservoirs may lie beneath Masaya volcano, near 2 million people · Phys.org
Phys.org · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
Johnson, E., Kim, Y. C., & Wauthier, C. (2026). Double trouble: Two active magma reservoirs identified at Masaya Volcano, Nicaragua, using satellite geodesy. Geophysical Research Letters, 53(14), e2026GL123214. https://doi.org/10.1029/2026GL123214
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