Las playas del Cretácico no eran una frontera nítida entre el mar y la tierra. Un estudio de dientes fósiles propone que, en varias costas de América del Norte, materia orgánica llegada desde el océano pudo haber alimentado parte de las redes tróficas terrestres donde vivían dinosaurios. La evidencia no permite decir qué comió un individuo concreto, pero sí obliga a reconsiderar cómo se interpretan las señales químicas de esos antiguos ecosistemas.
El trabajo analizó isótopos estables de carbono en el esmalte dental de vertebrados fósiles. Los isótopos son variantes de un mismo elemento con distinta masa y, en este caso, funcionan como una huella química: lo que un animal incorpora a través de su alimentación puede quedar registrado en sus tejidos. Aunque los tejidos originales desaparecieron hace millones de años, el esmalte es una de las partes más resistentes del diente y puede conservar parte de esa señal.
El equipo comparó muestras de formaciones geológicas costeras del Cretácico, en Canadá y Estados Unidos, con las de un ambiente continental del interior. Incluyó dientes y otros restos de peces, cocodrilianos, dinosaurios y otros vertebrados. Los conjuntos costeros presentaron valores de carbono más altos de lo esperado para una red alimentaria basada solo en plantas terrestres; en algunos casos, la diferencia superó los 5,5 por mil respecto de la referencia calculada. Esa pauta no apareció de la misma forma en el conjunto del interior.
La explicación que proponen los autores es que los recursos marinos llegaban a tierra firme y se incorporaban a la base de la red alimentaria. Algas y plantas marinas, o animales que se alimentaban de ellas, podían acumularse en la costa después de tormentas, oleaje o crecidas. No hace falta imaginar a todos los dinosaurios comiendo algas: el aporte pudo circular por distintas rutas, desde animales pequeños hasta consumidores de niveles más altos. El punto central es que el carbono del mar habría influido en el ecosistema terrestre costero.
Para reducir el riesgo de que la señal se deba a cambios ocurridos durante la fosilización, el estudio comparó también isótopos de oxígeno y otros indicadores químicos. Los autores dieron más peso al esmalte que a huesos y dentina, materiales que suelen alterarse con mayor facilidad después del enterramiento. Aún así, reconstruir una cadena alimentaria de hace decenas de millones de años exige cautela: las muestras proceden de distintos lugares, edades y especies, y los isótopos no identifican por sí solos un alimento específico. También pueden intervenir condiciones locales del ambiente, la preservación de los restos y otras fuentes de carbono.
La propuesta importa porque varias reconstrucciones de la dieta de dinosaurios usan el carbono del esmalte como si reflejara únicamente la vegetación terrestre disponible. Si parte de esa huella procedía del mar, las estimaciones sobre qué comían los herbívoros y cómo se organizaban los ecosistemas costeros necesitan incorporar esa posibilidad. Más que resolver de forma definitiva el menú de los dinosaurios, el estudio muestra que una costa cretácica podía funcionar como un sistema conectado: la energía del océano cruzaba la orilla y dejaba una marca que todavía puede leerse en los fósiles.
Dinosaur snacked on seaweed washed up on North American coasts, fossil teeth suggest · Phys.org
Phys.org · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
Forster, C. W., Suarez, C. A., Cullen, T. M., Zanno, L. E., & Hyland, E. G. (2026). Marine subsidization of dinosaurian ecosystems. Frontiers in Ecology and Evolution, 14, 1895247. https://doi.org/10.3389/fevo.2026.1895247
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