Cuando se habla de calor extremo, muchas veces la pregunta parece simple: cuántos días muy calurosos hubo en una ciudad o en un país. Pero un estudio publicado en Nature Climate Change sugiere que esa cuenta diaria puede ocultar una parte importante del problema. No se trataría solo de que haya más jornadas sofocantes, sino de que dentro de cada una de ellas podrían acumularse varias horas adicionales de calor peligroso.
El trabajo analizó el calor extremo con una escala horaria, en vez de limitarse a promedios o máximas diarias. Para eso, el equipo combinó datos globales por hora de 1981 a 2023 con proyecciones climáticas futuras. Ese cambio de enfoque permitió observar algo que los indicadores diarios suelen pasar por alto: hay episodios de calor intenso que no necesariamente convierten a todo el día en una jornada catalogada como extrema, pero igual exponen a la población a condiciones de riesgo durante varias horas.
Según el estudio, esos episodios horarios de calor extremo ya están aumentando en gran parte del planeta. Más de 80% de la superficie terrestre mostró incrementos, con un promedio de 62 horas adicionales por década. Bajo un escenario de altas emisiones para fines del siglo XXI, los autores estiman que cada día caluroso podría sumar alrededor de cuatro horas extra de calor extremo. Además, aparecerían unas tres horas más de calor intenso en días que no quedarían señalados como extremos por las métricas diarias más usadas.
Ese detalle importa porque el cuerpo humano, la infraestructura y muchos sistemas de trabajo no responden solo al número total de días calurosos. También importa cuánto dura la parte más dura del calor. Unas pocas horas extra en la franja de mayor temperatura pueden aumentar el riesgo de golpes de calor, empeorar enfermedades cardiovasculares o respiratorias, tensar más las redes eléctricas y volver todavía más difíciles las jornadas laborales al aire libre o en viviendas mal ventiladas.
El estudio también destaca una desigualdad fuerte en quiénes cargarían con esa exposición. Los países de ingresos bajos y medios concentran más de tres cuartas partes de la exposición actual y futura al calor extremo horario, y las generaciones más jóvenes, sobre todo en países de bajos ingresos, enfrentarían una carga acumulada mucho mayor a lo largo de su vida que las cohortes nacidas antes. En otras palabras, el problema no solo se distribuye mal entre regiones, sino también entre generaciones.
Una de las contribuciones más útiles del trabajo es mostrar que mirar el calor día por día puede subestimar riesgos reales. Para la salud pública y la planificación urbana, eso implica que no alcanza con saber cuántas olas de calor habrá o cuántos días superarán cierto umbral. También hace falta anticipar en qué horas se concentrará el peligro, cuánto tiempo durará y qué grupos estarán más expuestos cuando el calor se superponga con pobreza, falta de sombra, mala calidad habitacional o escaso acceso a refrigeración.
Como toda proyección climática, el estudio depende de escenarios de emisiones y de modelos que no predicen con exactitud lo que ocurrirá en cada ciudad o en cada barrio. Tampoco transforma por sí solo estas horas de calor en un número exacto de internaciones o muertes. Pero sí deja una señal clara: si el calentamiento global sigue avanzando, los momentos más peligrosos del calor pueden estirarse bastante más dentro de cada jornada. Y esa prolongación, aunque no siempre cambie la etiqueta de un día en los registros, puede cambiar de manera muy concreta cómo se vive y se sobrevive al calor.
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Liao, W., Zhang, X., Liu, X., Luo, M., Chen, Y., Chan, D., Zhan, W., Chen, Y., Chen, G., Gong, R., & Zhao, L. (2026). Globally and intergenerationally unequal exposure to hourly heat extremes. Nature Climate Change. https://doi.org/10.1038/s41558-026-02724-8
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