Mercurio parece un mundo geológicamente apagado, pero su superficie todavía guarda pistas sobre un pasado mucho más violento. Un nuevo estudio concluye que la corteza del planeta contiene menos dióxido de silicio de lo que se pensaba, y eso cambia la imagen de cómo se formaron sus antiguas rocas volcánicas: el magma del que surgieron probablemente se originó más profundo en el manto y a temperaturas más altas.
El trabajo se apoya en una pregunta básica de geología planetaria. La proporción de dióxido de silicio en las rocas ayuda a reconstruir cómo se fundió el interior de un planeta y qué tipo de volcanismo tuvo. En la Tierra, ese dato puede obtenerse directamente con muestras. En Mercurio, en cambio, los investigadores tienen que inferirlo a distancia a partir de la radiación infrarroja que emite la superficie.
Para hacerlo, el equipo afinó una herramienta basada en una señal conocida como Christiansen Feature, una propiedad del infrarrojo medio que cambia según la composición mineral. Los autores calibraron esa relación en el laboratorio con vidrios sintéticos que cubrían un rango muy amplio de concentraciones de dióxido de silicio. Después probaron el método con datos de la Luna, donde sí existe una referencia independiente gracias a las muestras traídas a la Tierra, y solo entonces lo aplicaron a Mercurio.
La estimación resultante para Mercurio ronda el 37% de dióxido de silicio. Según el estudio, eso es hasta un 25% menos de lo que sugerían evaluaciones anteriores. Esa diferencia importa porque apunta a lavas menos ricas en sílice y, por lo tanto, a un origen magmático distinto del que se venía imaginando para la corteza del planeta.
La interpretación propuesta es que el material que alimentó el volcanismo mercuriano se fundió a mayor profundidad. Si esa lectura es correcta, Mercurio no solo se habría enfriado rápido en comparación con la Tierra, sino que también habría construido su “piel” rocosa a partir de procesos internos más calientes y profundos de lo esperado. Eso ayuda a entender por qué su evolución fue tan distinta de la de nuestro planeta, a pesar de que ambos son mundos rocosos.
El estudio también muestra algo más general: para reconstruir la historia de un planeta no siempre hace falta una roca en la mano. Afinar la relación entre una señal espectral y la composición real del terreno puede convertir observaciones remotas en una especie de geología a distancia, útil para comparar cuerpos planetarios muy distintos.
Todavía hay límites importantes. La estimación para Mercurio se basa en mediciones remotas ya existentes y no en un mapa global detallado del planeta. Los autores señalan que la misión BepiColombo, que lleva a bordo el instrumento MERTIS, debería aportar datos térmicos y espectrales mucho más finos para comprobar si esta imagen se sostiene en toda la superficie o si hay regiones con composiciones muy diferentes.
Aún con esa cautela, el resultado ofrece una pista valiosa sobre el origen de la corteza mercuriana. Un pequeño cambio en la cantidad estimada de sílice basta para reabrir una pregunta grande: cómo se enfrió, se fundió y se solidificó el planeta más cercano al Sol en los primeros tiempos del sistema solar.
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Renggli, C., Morlok, A., Weber, I., Reitze, M. P., Di Rocco, T., Berndt, J., Pack, A., & Hiesinger, H. (2026). The SiO2 abundance on the surfaces of the Moon and Mercury. Planetary Research, 1(1), 226. https://doi.org/10.53480/bf74-m226
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