No todos los cantos de aves nos suenan igual de bien, y un estudio hecho en Alemania intentó medir por qué. Al hacer escuchar grabaciones de 123 especies a 84 personas adultas, los investigadores encontraron un patrón bastante claro: los sonidos que se perciben como más agradables tienden a ser más variables, más agudos y no demasiado fuertes. Entre los mejor puntuados quedó el canto del mirlo, mientras que entre los peor valorados apareció el de la lechuza común.
La pregunta puede parecer menor, pero apunta a algo más amplio. Desde hace años varios trabajos sugieren que oír aves contribuye a que muchas personas sientan más calma, descanso mental o bienestar cuando están en la naturaleza. Si se entiende mejor qué rasgos acústicos producen esa respuesta, no sólo se aprende algo sobre la relación entre humanos y aves: también se abren pistas para pensar cómo diseñar parques, jardines o entornos urbanos que resulten menos estresantes.
Para estudiar esa preferencia, el equipo reunió fragmentos cortos de cantos de aves silvestres comunes en Alemania. Luego pidió a los participantes que calificaran cada audio en una escala del uno al cinco según cuán agradable les resultaba. Además de esa evaluación, los investigadores midieron cuánto sabían esas personas sobre aves y cuánto valoraban su presencia, para distinguir si el gusto dependía de ser aficionado a la observación de aves o si aparecía algo más general.
Después compararon esas puntuaciones con varias características acústicas de cada grabación. Midieron la amplitud, que para el oído humano se traduce en qué tan fuerte suena un canto; la frecuencia, vinculada con lo agudo o grave; la complejidad, entendida como la cantidad y variedad de elementos; y el ancho de banda, es decir, cuán amplio era el rango de frecuencias usado. El resultado fue que los cantos mejor valorados combinaban mayor complejidad, frecuencias más altas y amplitudes relativamente bajas. También tendían a evitar una franja de frecuencias a la que el oído humano es especialmente sensible.
Ese patrón ayuda a explicar por qué algunas especies parecen destacar. El mirlo no sólo encabezó la lista de agradabilidad, sino que además coincidió con resultados de estudios previos que lo habían señalado como especialmente reparador para personas sometidas a cansancio mental o estrés. En el otro extremo, la lechuza común recibió valoraciones mucho más bajas. No significa que un canto sea “bueno” o “malo” en sentido biológico, sino que ciertas combinaciones de sonido encajan mejor con la manera en que las personas perciben un ambiente como amable o tranquilo.
Uno de los resultados más interesantes es que saber mucho de aves no cambió de forma clara las puntuaciones. Las personas que valoraban más a las aves en general sí tendían a calificar los sonidos de manera más favorable, pero reconocer especies por la vista o por el oído no alteró la percepción de qué cantos eran más agradables. Eso sugiere que el gusto por ciertos sonidos podría apoyarse en mecanismos bastante básicos, no sólo en aprendizaje o familiaridad.
Los autores proponen una hipótesis llamativa: quizá estamos predispuestos a preferir sonidos variables, moderados y relativamente agudos porque pueden señalar entornos seguros, sanos y restauradores. No es una prueba definitiva de que el cerebro “lea” así el paisaje sonoro, pero sí una idea compatible con la noción de que la biodiversidad no influye sólo por lo que vemos, sino también por cómo suena el lugar en que estamos.
El estudio, de todos modos, tiene límites importantes. La agradabilidad es una medida subjetiva, la muestra fue relativamente pequeña y concentrada en adultos de un mismo contexto cultural, y quedaron afuera factores que también podrían influir, como la frecuencia con que cada especie repite su canto. Los investigadores plantean que harían falta trabajos más amplios, con más hombres, más culturas y personas con distintos niveles de experiencia en observación de aves, además de estudios en entornos reales y no sólo con clips escuchados en condiciones controladas.
Aún con esas cautelas, el resultado aporta algo útil: empieza a traducir en medidas concretas una intuición cotidiana. Cuando un parque o una arboleda “suena bien”, no necesariamente es por azar. Puede que detrás de esa sensación haya rasgos acústicos específicos que también reflejan la calidad ecológica del ambiente. Entenderlos mejor podría servir tanto para cuidar aves como para pensar ciudades un poco más habitables para quienes las escuchan.
Scientists discover the key ingredients that make birdsong pretty · Frontiers
Scientists discover the key ingredients that make birdsong pretty · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
Kalb, N., von Lücken, G., Lukanowski, J., Dechant, F., & Randler, C. (2026). Analyzing the acoustic parameters of bird vocalizations and their perceived pleasantness by humans. Frontiers in Bird Science, 5, 1794594. https://doi.org/10.3389/fbirs.2026.1794594
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