Durante mucho tiempo, una idea bastante extendida en microbiología sostuvo que los microbios están en todas partes y que lo que cambia de un lugar a otro son sobre todo las condiciones que les permiten prosperar. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences pone a prueba esa premisa en uno de los ambientes más aislados del planeta y encuentra que, al menos para una parte de la vida microscópica, la Antártida sí parece tener habitantes propios.
El trabajo se centró en bacterias del género Arthrobacter, un grupo común en suelos de regiones muy distintas del mundo. Justamente por eso resultaba útil para la comparación: si también aparecía en ambientes templados, áridos o fríos de otros continentes, era posible preguntar con más precisión si las cepas antárticas eran realmente las mismas o si habían seguido una historia evolutiva aparte.
Para responderlo, los investigadores combinaron dos enfoques. Por un lado, analizaron datos metagenómicos de suelos antárticos y no antárticos para comparar la distribución de cepas. Por otro, cultivaron bacterias obtenidas en la Antártida y las enfrentaron en el laboratorio a condiciones exigentes para observar cómo se comportaban frente al frío y la sequedad. La comparación incluyó muestras de otros ambientes duros, como el altiplano tibetano, Svalbard en el Ártico y el desierto de Atacama.
El resultado más llamativo fue que alrededor del 90% de las cepas de Arthrobacter detectadas en los suelos antárticos solo aparecieron en ese continente dentro del conjunto analizado. Además, las cepas antárticas no solo parecían distintas en términos genómicos: también mostraban tolerancias ambientales compatibles con una adaptación específica a las condiciones locales. En los ensayos de cultivo crecían más despacio, pero resultaban especialmente resistentes, una combinación coherente con un ambiente donde el agua escasea, las temperaturas son muy bajas y la oportunidad de crecer puede ser breve.
Ese hallazgo importa porque amplía la idea de biodiversidad antártica. Cuando se piensa en especies propias del continente suelen venir a la mente pingüinos, focas o musgos, pero esta vez la novedad está en organismos invisibles a simple vista. Si parte de los microbios del suelo tiene una historia biológica propia, proteger la biodiversidad antártica no consiste solo en cuidar animales emblemáticos o grandes paisajes de hielo: también implica conservar comunidades microscópicas que podrían no existir en ningún otro lugar.
La investigación también toca una discusión más amplia. Los microbios pueden viajar grandes distancias en corrientes de aire, agua o polvo, así que durante años pareció razonable suponer que la dispersión global borraría muchas fronteras biogeográficas. El nuevo estudio no elimina esa capacidad de dispersión, pero sugiere que el aislamiento geográfico extremo y las condiciones ambientales muy particulares de la Antártida alcanzaron para favorecer linajes locales y rasgos propios.
De todos modos, conviene no extender la conclusión más allá de lo que el trabajo muestra. El análisis se concentró en un grupo bacteriano concreto y no prueba que toda la microbiota antártica sea endémica. Además, la estimación depende de las muestras y bases de datos disponibles hoy: futuras campañas en otros suelos fríos o áridos podrían encontrar parientes cercanos que todavía no fueron detectados. Aún con esa cautela, la evidencia es fuerte en un punto: la vida microscópica de la Antártida parece menos intercambiable con la del resto del planeta de lo que se creía.
Más que cerrar una discusión, el estudio abre un mapa nuevo. Si Arthrobacter muestra este patrón, la próxima pregunta es cuántos otros grupos microbianos del continente también podrían haber desarrollado trayectorias propias. En un territorio donde el cambio climático, la actividad humana y la investigación científica se cruzan cada vez más, saber qué formas de vida son verdaderamente locales deja de ser una curiosidad y pasa a ser una pieza importante para decidir qué vale la pena proteger.
Antarctica is home to microbes found nowhere else on Earth · Phys.org
Ciencias.uy / MiniMax image-01 · Imagen generada con MiniMax image-01 para Ciencias.uy; uso editorial no comercial; CC BY 4.0 · Fuente de imagen
Dragone, N. B., Childress, M. K., Mendez, N., Galletta, J., Vanderburgh, C., Bueno de Mesquita, C. P., DeAngelis, K. M., Quandt, C. A., Leung, P. M., Greening, C., Adams, B. J., & Fierer, N. (2026). Evidence for endemism and local adaptation in Antarctic soil bacteria. Proceedings of the National Academy of Sciences, 123(37). https://doi.org/10.1073/pnas.2611373123
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