Los incendios no responden únicamente a lo que marca el termómetro. Un estudio de carbones fósiles conservados en el fondo de un antiguo lago encontró que, durante un episodio cálido de hace millones de años, el fuego se intensificó en varias etapas. Hubo una primera subida asociada con condiciones cada vez más secas; más tarde, cuando el clima comenzaba a recuperarse, la actividad volvió a aumentar. Para los autores, ese segundo impulso apunta a otro factor decisivo: las características de la vegetación que podía arder.
El trabajo reconstruyó un tramo del Paleoceno temprano, una época muy anterior a los paisajes y a la influencia humana actuales. Los investigadores analizaron pequeñas partículas de carbón vegetal enterradas en el registro lacustre Boltysh 42/11. Aplicaron espectroscopía Raman, una técnica que ilumina el material con un láser y registra cómo responde su estructura. Esa señal puede aportar pistas sobre las condiciones en que se formó el carbón y, junto con otros indicios del sedimento, permite seguir cambios en los incendios a lo largo del tiempo.
El registro muestra que el aumento del fuego no fue uniforme. En una primera fase coincidió con una aridificación progresiva y con la expansión de plantas con flores. Después, durante la recuperación climática, la actividad del fuego volvió a intensificarse aún sin un calentamiento equivalente. La interpretación no es que la temperatura deje de importar, sino que el clima actúa junto con el combustible: qué plantas crecen, cuánta biomasa acumulan y cuán fácilmente se seca o se enciende.
Esa distinción ayuda a entender por qué reducir el calentamiento sigue siendo esencial, pero no garantiza por sí solo una disminución inmediata del riesgo de incendios. Los ecosistemas guardan memoria de los cambios previos: una vegetación más abundante o distinta puede mantener condiciones favorables para el fuego. Trasladar esa idea al presente exige cautela, porque los incendios actuales también están afectados por el uso del suelo, la supresión del fuego, las fuentes de ignición y la gestión humana.
El estudio tampoco reproduce un episodio moderno ni permite predecir la evolución de una región concreta. Se basa en un único registro lacustre y en señales indirectas de incendios de un período remoto. Su aporte es mostrar, con un archivo geológico de alta resolución, que la relación entre clima y fuego puede tener demoras y cambios de fase. Mirar esos incendios antiguos permite formular una pregunta vigente: además del calor y la sequía, ¿qué paisaje estamos dejando disponible para arder?
Ancient wildfire study offers warning for a warming world · Phys.org
Phys.org · Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada · Fuente de imagen
Theurer, T., Jolley, D., Muirhead, D. K., & Mauquoy, D. (2026). Palaeocene climate warming as a catalyst for wildfire intensification. Scientific Reports. https://doi.org/10.1038/s41598-026-72676-8
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