Plantar árboles en las ciudades suele verse como una medida casi indiscutible: da sombra, baja la temperatura, mejora el paisaje y puede ayudar a capturar carbono. Pero un estudio centrado en Beijing, Shanghái y Guangzhou advierte que ese beneficio no siempre viene solo. Algunas especies liberan isopreno, un compuesto orgánico que, cuando coincide con calor, luz solar y contaminación urbana, puede favorecer la formación de ozono troposférico, uno de los contaminantes más dañinos para la salud respiratoria.
El trabajo, publicado en npj Climate and Atmospheric Science, no dice que los árboles sean perjudiciales en sí mismos ni que las ciudades deban renunciar a reverdecerse. Lo que plantea es algo más incómodo y más útil: no todas las estrategias de forestación urbana tienen el mismo efecto sobre el aire que se respira. En su modelo, los compuestos emitidos por la vegetación urbana aportaron en promedio 1,9 partes por mil millones al ozono de Beijing y Shanghái, y 3,6 en Guangzhou. En términos relativos, eso equivale a aumentos de 2,5%, 3,3% y 5,9%, respectivamente.
La clave está en cómo se forma el ozono cerca de la superficie. No sale directamente de un caño de escape ni de un árbol, sino de reacciones químicas entre distintos gases. Entre ellos están los óxidos de nitrógeno del tránsito y la industria, y compuestos orgánicos volátiles como el isopreno emitido por ciertas plantas. Cuando la temperatura sube, esas emisiones biogénicas pueden aumentar, de modo que una ciudad más verde pero también más cálida puede enfrentarse a una combinación menos favorable de la esperada.
Los autores analizaron tres grandes áreas metropolitanas porque ofrecen contextos distintos de clima, vegetación y contaminación. El resultado más fuerte apareció en Guangzhou, la más cálida de las tres, donde el aporte del arbolado al ozono fue mayor. Eso refuerza la idea de que el problema no depende solo de cuántos árboles hay, sino también de qué especies predominan y bajo qué condiciones atmosféricas crecen.
El estudio también intentó traducir esas diferencias a un impacto sanitario potencial. Según sus estimaciones, entre 6% y 14% de las muertes de verano asociadas al ozono en esas ciudades podrían vincularse a emisiones biogénicas procedentes de la forestación urbana. No es una medición directa sobre personas, sino una proyección basada en modelos atmosféricos y datos de exposición, pero alcanza para mostrar que la elección de especies puede tener consecuencias que van más allá del diseño paisajístico.
Eso no invalida los beneficios del arbolado urbano. Los árboles siguen siendo importantes para amortiguar olas de calor, mejorar el bienestar y ofrecer otros servicios ambientales. Lo que cambia es el criterio con el que deberían planificarse. En vez de pensar la forestación solo como una suma de metros cuadrados verdes, este trabajo sugiere que también conviene considerar cuánto isopreno emiten las especies elegidas y cómo interactúan con la contaminación local.
Como toda investigación de este tipo, el trabajo tiene límites claros. Se basa en simulaciones para tres ciudades chinas, no en una regla universal aplicable sin más a Montevideo o cualquier otra ciudad. Los resultados dependen de inventarios de emisiones, supuestos del modelo y condiciones meteorológicas concretas. Aún así, deja una advertencia relevante para un mundo urbano más caliente: reverdecer sigue siendo una herramienta valiosa, pero hacerlo bien puede requerir algo más que plantar más árboles.
Beijing's isoprene-emitting trees highlight ozone risks in greener, hotter cities · Phys.org
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Xu, J., Silver, B., Tang, R., Wang, N., Huang, X., Ding, A., & Arnold, S. R. (2025). A model assessment of the relationship between urban greening and ozone air quality in China: A study of three metropolitan regions. npj Climate and Atmospheric Science, 8, 184. https://doi.org/10.1038/s41612-025-01054-4
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